domingo, 12 de diciembre de 2010

Nada más universal que la estupidez



Ochenta y siete años sembrando estrellas, plantando luceros, dándole lustre a la palabra, él que se llamaba limpiabotas del verbo. Gnomo endecasílabo, pero diablillo gigantesco de nuestra poesía, como un duende socarrón, sabio y gruñoncete, sus versos son como la risa de un viejo cascarrabias, como las cerezas que de niños nos colgábamos de las orejas, su poesía, la poesía, como él decía, la poesía es como quien oye llover, y sus sílabas, sus poemas, siempre nacían contentos, risueños, cantarines como unas castañuelas de su tierra gaditana, donde Carlos Edmundo de Ory nació el 27 de abril de 1923. Como un pajarillo, ayer se marchó leve y tranquilamente al cielo desde su casa de Thezy-Glimont, un pueblecito al norte de Francia, donde dicen que los gorriones comían en su mano.


Sus versos saben como las frutas del Paraíso («Igual que el árbol da manzanas, yo doy poesía, es mi fruto», dejó dicho), como zafiros, como esmeraldas, porque también nos lo contaron sus palabras al oído: «La poesía es un vómito de piedras preciosas». Nunca juró bajo ninguna bandera porque el único estandarte al que rindió pleitesía fue el de la independencia, el de su airada rebeldía lírica, caballero andante de los de soneto en astillero, que tomó el camino de dos exilios (siempre fue juglar, nunca quiso ser bufón), el político y el literario, mediados los 50, cuando el postismo, aquel surrealismo a la tremenda que fundara con Eduardo Chicharro, Silvano Sernesi y Paco Nieva ya no daba más de sí, aunque dejaba a su paso una estela de encendido cometa poético de nuestra posguerra, aquel postismo que, desde «La Cerbatana» y «Postismo», las publicaciones del grupo, se clavó como un dardo en el trasero de la revista «Garcilaso».

Ismo va, ismo viene

Fue siempre vanguardista y subversivo, a su manera y cuando las vanguardias habían desaparecido de la faz de la tierra del arte y muchos las habían dado sepultura con poca pompa y menos circunstancia: «El único ismo practicado individualmente por el género humano es el egoísmo», lanzó a los cuatro vientos en uno de sus aerolitos, sus aforismos trufados de saber, ese saber ancestral de las criaturas del bosque, uno de sus territorios iluminados.

Lejos de España, De Ory se instala en París hasta 1968, año en que se traslada a Amiens. La efervescencia revolucionaria de aquellos días le lleva a crear el Taller de Poesía Abierta, un experimento de poesía colectiva que no es ajeno a los huracanes contraculturales de la época y al diluvio enloquecido de la Beat Generation. Para entonces, sus Aerolitos surcaban el firmamento de nuestra poesía como estrellas nada fugaces, mientras a este lado de los Pirineos se ninguneaba su voz, hasta que fue rescatada en una antología que le hizo justicia, «Las ínsulas extrañas», de Valente, Sánchez-Robayna, Varela y Milán. Desde entonces, 2002, casi fue poeta y profeta en su tierra. Fue nombrado hijo predilecto de Cádiz, recibió honores, y hace tres años depositaba su legado en la Caja de las Letras del Instituto Cervantes, legado que se abrirá en 2022. Entonces, y sólo entonces, saldrán de él docenas de versos y docenas de mariposas, esos seres sobre los que nos dijo que no debemos insultarles llamándoles animales.

Por el camino, por el largo camino que hizo al andar y al cantar, dejó su verso humanísimo, sus burbujas poéticas, sus pompas de jabón líricas en más de veinte títulos.

Fue poeta del Cosmos («parto del ansia de infinito») y del microcosmos («Estoy sentado ahora en un café / y mi alma late late / de sed de no sé qué/ tal vez de chocolate»); de lo humano y lo divino («Mi poesía nace de la nostalgia y de la angustia y aspira a ser escuchada por Dios»), pero sobre todo del amor (« Ella es mi oráculo de besos...») y del dolor («Melancólica era mi novia melancólica, / y se iba a llorar en un rincón del mundo»), y de la fiesta («Estar contigo es un vocablo insólito»), de la asamblea («Te amo tanto que a Dios telefoneo»), de la algarabía de los cuerpos: «...vida enamorada / claveles que en dos bocas se rompen».

Cuidado, angelitos y angelotes, porque Carlos Edmundo ya está en el cielo lanzando aerolitos por doquier y os querrá descalabrar. Adiós poeta, me llevo tus versos en el bolsillo: «Mi patria es el aire que respiro».
 
 
Artículo firmado por  MANUEL DE LA FUENTE / MADRID el 12/11/2010  publicado en http://www.abc.es/20101112/cultura/muere-carlos-edmundo-genio-20101112.html

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Carlos Edmundo de Ory
(Cádiz 27-04-1923 - Thezy-Glimont (Fancia) 11-11-2010)

1 comentario:

Laura Gómez Recas dijo...

Sentí por haber-le sentido.
¡Poeta!

Gracias, Alonso. Era necesario.

Laura