miércoles, 21 de enero de 2009

El hombre alienado, de Salvador Moreno Valencia

El hombre alienado

I

Si lo sé, ya ni me acuerdo.

¿Es que debo recordar algo?

Podría recordar una tarde lejana,

la luz brillando con intensidad de otoño.

También podría recordar

una tarde de verano,

primavera, o invierno.

¿Qué importa?

Sin embargo, recuerdo el cielo envenenado.

¿Qué importa recordarlas?

Una tarde, o tantas otras,

tengo la certeza de la mentira.

¿Nos mintieron siempre, nos tomaron por idiotas…?

II

Que así fue,

no lo dudo, aunque no lo recuerde.

Nos insultaban constantemente,

nos humillaban…

Intentaron dejarnos claro su poder,

sucumbimos derrotados,

alienándonos

delante de grandes focos alógenos.

Se extendieron las guerras

donde negras moscas se afanaban

sorbiendo vísceras de inocentes.

Inocentes, inocentes, siempre inocentes…

Naufragábamos, naufragábamos y occidente sufría de depresión colectiva.

III

Occidente, mientras tanto,

paseaba en grandes superficies,

construidas para el consumo,

donde se ofertaban objetos inservibles.

¡Espejismos! ¡Espejismos!

Reflejados en los espejos

de la alienación.

Corría la gente como loca,

las tiendas muy iluminadas,

las luces casi mágicas

espantaban las moscas de la depresión.

Los suicidios hacían cola en los cementerios.

IV

Caía la tarde,

la noche abría sus fauces,

y casi sin avisar

nos devoraba a todos.

Las noticias de cualquiera

de los cientos de canales de televisión

informaban de estadísticas,

cifras escalofriantes sobre suicidios.

La gente, sobre todo, la más joven,

no tenía grandes aspiraciones,

una vez acabados los valores,

y abolido el pensamiento.

La noche abría sus fauces, y devoraba el conocimiento.

V

La guerra seguía engordando

moscas en las eternas siestas

de cadáveres.

En los grandes almacenes

la gente huía despavorida

del fantasma de la depresión.

Era otoño, podía haber sido invierno, verano, primavera.

Pero la luz indicaba que era otoño,

así que era otoño, y la luz caía menos vertical,

inclinada como una lanza partiendo el tiempo.

Y las noches seguían llegando sin avisar devorándolo todo.

VI

Vendría el invierno,

las noches se echarían como aves rapaces

sobre cabezas vacías

de transeúntes vacuos.

La guerra seguiría golpeando,

lejos, muy lejos;

tras pantallas de plasma

donde expertos narraban,

con igual desparpajo,

las atrocidades de los efectos

de la barbarie bélica como

las alegrías por los goles que encajaban,

un equipo u otro, en su lucha

por ganar la liga de fútbol.

Del Poemario 13 Náufragos

4 comentarios:

Antonio del Camino dijo...

La poesía, como grito de dolor; como denuncia frente a la sinrazón y la injusticia; grito contra la tiranía de una sociedad en la que los valores espirituales dejaron hace tiempo de tener un sentido...; la poesía, quizá de lo poco que aún podamos conservar mientras siga latiendo el corazón...

Marian Raméntol Serratosa dijo...

Un placer acercarme a esta textura poética.

Un abrazo
Marian

Alonso de Molina dijo...

con gusto Salvador me acerco tus letras

te mando un abrazo

Nancy Piedra Guillen dijo...

Me encanta! no hay que renunciar a denunciar, apostamos al cambio y para ello necesitamos personas sensibles e inteligentes. Por eso T.A.